jueves, 23 de febrero de 2012
Aquí siempre llueve.
Aquella tarde. Llovía. Recorríamos las calles de aquella ciudad, como cada día, como si fuese la primera vez que pisábamos sus calles pero también aprovechando cada paso como si fuese el último. Con las mismas ganas, la misma ilusión pero en el fondo también con menos esperanzas. Solo tú, la lluvia y yo fuimos testigos de aquellas palabras que salieron ese día por nuestras bocas. Las gotas arrastraron hacia al suelo nuestras lágrimas, grabando nuestra historia para siempre. Desde entonces, siempre que me acuerdo de ti, se pone a llover. Desde entonces, cada gota, es un recuerdo de aquel sueño que solo es de nosotros dos.
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